MUHAMMAD EL PROFETA: Yatrib, Ciudad Del Profeta

Entre los peregrinos que visitan el santuario de La Meca hay muchos árabes de la ciudad de Yatrib. Tiene esta población entrañables recuerdos para el Profeta, por ser:

—cuna de su abuelo Abdel Muttalib,

—tumba de su padre Abdal-Lah y

—lugar donde pasó con Amina, su madre, las únicas vacaciones de su vida, gozando a los seis años, los únicos meses de su materna compañía.

Ahora, Yatrib, según cuentan sus habitantes, es una ciudad de discordia; de turbulencia: un continuo batallar de tribus. Los antecedentes más recientes, causa de ese malestar bélico, datan del año 617. Las tribus árabes de los banu Awsitas se aliaron con las tribus judías de los banu Nadir y los banu Qaynoca, para luchar contra los árabes Jazraditas, que hasta ese año habían ejercido la autoridad absoluta en Yatrib, que perdieron al ser derrotados por esa coalición, y que esperan recuperar.

Tampoco hay concordia y unidad en materia de religión.

Hay en Yatrib árabes idólatras que rinden culto a Manat, la diosa del destino . Arabes "hanif" que buscan a Dios, influidos por los cristianos monofisitas. Arabes judíos que adoran a Dios, bajo la invocación de Jehová, y una gran cantidad de árabes politeístas.

Muhammad, la paz sea con él, se reúne, en el año 621 y durante la pequeña "Tregua de Dios", con un pequeño grupo de seis árabes, de la tribu de los banu Jazrad. ¿Motivo? Hablarles
de religión: de la fe islámica.

Los seis de Yatrib le escuchan con atención e interés. El tema les cautiva, pues la creencia en Dios, Creador del universo, no es nueva para ellos: cristianos y judíos hablan de ella; pero ahora y en boca de este árabe puro mequense, cobra una fuerza nueva por la elocuencia fascinante del propagandista.
El Profeta les recita las siguientes suras:

Abraham no era ni un judio ni un cristiano.
Era un hanif y un sumiso a
la voluntad de Dios.
No estaba entre los idólatras.

(Corán, 3,60. Sura Al Imran: Vers. de la familia de Imrán)

Sed asiduos en la oración.
Dad limosnas. Y todo el bien
que anteriormente hayáis practicado,
le encontarás mas tarde junto a Dios
Pues Dios ve todo cuanto hacéis.
(Corán, 2, 104. Sura Al Bacará : Vers. de la vaca)
 
Servid a Dios y no le asociéis a nadie.
Sed bondadosos con:
—vuestros padres y familiares,
—los huérfanos y los pobres,
— l os vecinos y los extraños,
— l os extranjeros y los caminantes, y
— vuestros esclavos.
Y Dios no ama a los hombres orgullosos y altaneros.
(Corán, 4,36. Sura An Nisaa: Vers. de las mujeres)

Los seis jazraditas están satisfechos. Este encuentro ha sido providencial. Para sus almas y para Yatrib.

Ven en Muhammád, la paz sea con él, al Profeta que habla en nombre de Dios y al hombre que puede pacificar y unir a todas las tribus de Yatrib. Quieren llegar con él a un pacto. Quieren que les acompañe, de inmediato, a su ciudad. Quieren que sea su jefe religioso y político.

El Profeta les frena en sus ímpetus. El camino de Dios no es para recorrerlo alocadamente, sino a pasos seguros. Nada de improvisaciones. Primero hay que establecer alianzas: allanar dificultades. Ser precavidos; pues los idólatras son muchos; poseen grandes recursos y son muy peligrosos.

El Profeta considera oportuno sellar este encuentro con una tradicional fórmula de juramento, "al bayat an nisa a " (El juramento de las mujeres).

Muhammad, la paz sea con él, les dice:

"Os emplazo a protegerme como protegeríais a vuestras mujeres e hijas".

Se lo prometen solemnemente y luego añaden:

"Juramos escuchar y obedecer, tanto en la dicha como en la desgracia, en el placer como en el disgusto. Tendrás preferencia sobre nosotros mismos. Y no negaremos el mando a quien lo detente. Ni temeremos, por la causa de Dios, la ira de ningún contrario. No asociaremos a Dios a ningún otro que no sea El mismo. No robaremos. No fornicaremos. No mataremos jamás a nuestros hijos. No propagaremos la calumnia entre nosotros ni desobedeceremos en ninguna acción".

El Profeta está complacido con el juramento. Refleja, a conciencia, el espíritu del islam, que les ha enseñado y les dice:

"Si cumplís vuestro juramento, tendréis por recompens a el Paraíso. Si lo violáis, será Dios quien os castigue o perdone".

Antes de que regresen los jazraditas a Yatrib los presenta a Musab ibn Umair, un musulmán docto en el arte de recitar el Corán, dotado de una voz agradable y sonora y poseedor de una gran simpatía, además de otras virtudes morales. Umair les acompañará , con la misión específica de propagar el Islam en Yatrib.

El Profeta emplaza a los jazraditas a que dentro de un año y con una delegación más numerosa, se reinicie . esta conversación y se tomen, entonces, las decisiones oportunas.

La propagación islámica en Yatrib, a impulso de Umair, va abriendo surco. Muchos árabes abandonan su politeísmo para adorar al Dios Único, el Pacífico, el Justo. El núcleo musulmán se ensancha: se multiplica.

Una nueva manera de vivir, más solidaria, humana y fraterna, invade con irresistible fuerza la ciudad de Yatrib, en donde la fe islámica se enraiza y difunde. Las noticias del éxito musulmán en esa ciudad llegan hasta La Meca.

Abü Sufiyan se enfurece hasta el paroxismo. Tiene conciencia del peligro que entrañan, en el aspecto social y económico, las doctrinas de Muhammad ibn Abdal-Lah. Significaría, su implantación, la ruptura de la tradicional sociedad árabe, basada en el árbol genealógico; en el recuerdo a los antepasados: en la fuerza de la sangre.

Muhammad, la paz sea con él, arranca esas raíces. De ahora en adelante los hombres no estarán ligados entre sí, por la descendencia de unos mismos antepasados, sino por la creencia en un mismo Dios: el Jefe Supremo. Todos los miembros de la colectividad de Dios tienen los mismos derechos: son iguales entre sí:: ricos y pobres; blancos y negros; mujeres y hombres; esclavos y libertos.

La nueva sociedad se llama "ummá" , comunidad. En la que todos los hombres de la tierra pueden entrar, sin distinción de derechos ni privilegios, con una sola condición: que se abandonen a la voluntad de Dios, que es la significación de la palabra musulmán.

En el año 621 se construyen las bases de la sociedad islámica. Abu Sufiyan y sus secuaces sienten y comprenden el peligro que entraña ese nuevo tipo de sociedad, para sus intereses particulares y están dispuestos a arrancarlo de cuajo. Muhammad ibn Abdal-Lah es el culpable de todo ello: debe morir.

Abu Sufiyan reúne a los notables de las tribus hachemitas y umaiyas con el fin de ejecutar un plan que acalle definitivamente a Myhammad ibn Abdal-Lah. Las propuestas van desde las moderadas hasta las más radicales:

—Desterrarlo de la ciudad. Se objetó que podría obtener el apoyo de tribus de otras ciudades y constituir, posteriormente, un peligro para La Meca. Propuesta rechazada.

—Encerrarlo en un calabozo y privarle de alimento hasta que muriera. La propuesta no fue aceptada. Durante el cautiverio podrían sus adeptos liberarle y presentándolo como promártir, ganar nuevos musulmanes a su causa.

,— Matarle. La propuesta gozaba de mayoría; pero ¿quién? Nadie quería correr con esa responsabilidad, por miedo a la venganza de algún pariente o musulmán. Finalmente se llegó a un acuerdo: que un miembro de cada clan, representado en este conciliábulo, hundiese su espada en el pecho de Muhammad ibn Abdal-Lah. Esta conspiración se recoge en una sura:

Y recuerda cómo los idólatras,
conjurados contra ti, decidieron:
—expulsarte de la ciudad,
—recluirte en mortal cautiverio,
—darte muerte; pero Dios trazó
un plan contra ellos y Dios
es el mejor conspirador.
(Corán, 8, 5- 6. Sura al anfal: Vers. del botín)

Muhammad la paz sea con él, avisado por la Divina Providencia, a través del ángel Gabriel, de los propósitos de sus implacables enemigos, los idólatras kuraichitas, tuvo tiempo de preparar su fuga.

El fiel Alí, ocupó el lecho del Profeta, cubriéndose con una manta, pues sabían que los espías de Abu Sufiyan, vigilaban su casa constantemente.

El Profeta y Abu Bakr, amparándose en las sombras de la noche, salieron furtivamente por una pequeña ventana que había en la pared posterior de la casa. En el exterior, los hijos de Abu Bakr habían preparado dos camellos y alimentos suficientes para nutrirse los días que estuviesen escondidos en las grutas del monte Thor, cerca del desfiladero (Aqabah).

Los musulmanes de Yatrib, informados de la nueva situación, envían un grupo de más de cincuenta adeptos para que convenzan al Profeta y se traslade a Yatrib.

El encuentro es sumamente secreto. Todas las precauciones son pocas. Tras las conversaciones preliminares —encabezadas por los saludos rituales de paz y en nombre de Dios— se cumple "bayat al harb" (el juramento de guerra).

El Profeta les dice:

"Los kuraichitas idólatras y mercaderes buscan afanosamente mi muerte. Me condenan por se r musulmán. Mi crimen es alaba? a Dios, el Único, el Justo, el Misericordioso, el Creador y el Dueño del Juicio Final.

"Quieren mi muerte, pues piensan que, acabando conmigo, acallan las palabras del Dios Verdadero. ¡Pobres ignorantes! Cada cosa creada habla del poder y grandeza de Dios.

"Pero ellos ansían mi muerte. Estar a mi lado implica muchos peligros e incluso, tal vez, la muerte. Vosotros debéis estar informados del riesgo que corréis si seguís mi causa, que es la de Dios".

El Profeta les recita los siguientes versículos:

Los que combaten por el "camino de Dios"
venden la vida de este mundo por la otra vida.
Aquel que combate por el "camino de Dios"
y es muerto o es victorioso,
le daremos una recompensa muy grande.
Y ¿por qué no combatir por el "camino de Dios"
en favor de los débiles, ya sean
hombres o mujeres y por los niños,
que dicen: "Oh Señor, ¡sácanos de esta ciudad,
cuyo pueblo es un tirano!
Sé, para nosotros . Tú, nuestro Patrón.
Sé, para nosotros . Tú, nuestro Salvador".
(Corán, 4, 76-77. Sura An Nisaa: Vers. de las mujeres)
 

El grupo de musulmanes de Yátrib, que representaba a los distintos clanes de esa ciudad, y en el que figuraban dos mujeres, le dice:

"Oh Profeta de Dios, nosotros juramos defenderte a t í y a los tuyos, aunque sea necesario empuñar las armas, en defensa de los preceptos de Dios. Si es necesario lucharemos por nuestra fe, todos nosotros contra todo el mundo".

Es el juramento de la guerra (bayat al harb).

Cuando los árabes hacen una promesa, la mantienen por vida. Pero tienen una pregunta que hacer a Muhammad, la paz sea con él:

"Oh enviado de Dios, hay un pacto entre nosotros y pensamos cumplirlo, pero si Dios te da la victoria ¿nos abandonarás para regresar a tu ciudad?"

El Profeta jura fidelidad al pacto diciendo:

"Vuestra sangre y mi sangre se han juntado. Vuestra remisión es la mía. Participo de vosotros y vosotros participáis de mí. Combatiré contra aquél a quien combatáis y haré la paz con quien vosotros la hagáis".

El Profeta recita los siguientes versículos:

Combatid, por el camino de Dios,
a quienes os combatan,
pero no cometáis la injusticia
de atacar vosotros los primeros.
En verdad que Dios no ama a quienes
cometen injusticias...
... Pero si desisten de sus propósitos
no los ataquéis, pues Dios perdona,
pues es el Misericordioso.
(Corán, 2, 186-188. Sura al bacar á : Vers. de la vaca)

El Profeta pidió prudencia a todos los presentes. No era aún el momento de emprender la lucha por el "camino de Dios". Por tanto debían regresar, lo más cautelosamente posible, a Yátrib.

Antes de la despedida el Profeta agradece emocionado a los musulmanes de Yátrib la protección que le han ofrecido y el juramento que sella sus destinos comunes. En virtud de ellos nombra a esos fervientes y devotos adeptos, sus "ánsares", es decir: auxiliares, y les pide que escojan, entre ellos, doce jefes, nueve en representación de los jazraditas y tres por los awsitas. Los elegidos reciben el nombre de "naguib" (jefe de tribu).

El Profeta elige entre estos doce a uno de ellos para que le represente: Asad ibn Zurara, en cuya casa habita Musab ibn Umair, el misionero que tan fecunda labor desarrolla en Yatrib.

Muhammad, la paz sea con él, les despide con afecto y gratitud, diciéndoles que dentro de muy pocos días se encontrarán todos en Yatrib.

Antes que la noche retire su oscuridad encargan a los hijos de Abu Bakr que se lleven sus monturas, pues deben esconderse durante unos días en las grutas, pues ahora los caminos deben estar muy vigilados y que regresen, dentro de tres noches, con los camellos más veloces, pues será entonces cuando emprendan el camino de Yatrib. También les recomiendan que comuniquen a los musulmanes de La Meca, que aún no han
abandonado la ciudad, lo hagan lo antes posible, aunque de
manera sigilosa y prudente .

El Profeta y Abü Bakr, con unos pocos víveres, se internan en una cueva.

Abu Sufiyan y sus satélites están furiosos. Una vez más Muhammad ibn Abdal-Lah se ha salvado de sus garras. Movilizan a todos sus hombres con la consigna de apresarle vivo o muerto. También ofrecen una recompensa de cien camellos a quien les entregue o señale el paradero de ese impostor que se llama profeta.

La codicia impulsa a los idólatras a la búsqueda más estricta. Se organizan numerosas batidas. Expertos en huellas, con perros rastreadores, se lanzan a su persecución.

Uno de los grupos está por delante de la gruta en donde se esconden el Profeta y Abü Bakr. Se oyen sus voces; los ladridos de los perros. Al parecer están a punto de ser descubiertos.

Pero una vez más Dios impone su voluntad. Una sura del Corán dice:

Cuando los descreídos usaban la astucia
contra tí, para retenerte prisionero o matarte,
demuestran su astucia. Pero Dios es el más astuto de todos.

(Corán, 8, 30. Sura al anfal: Vers. del botín)

Los idólatras están frente a la puerta. El Profeta reza. Y se produce un hecho insólito, tal vez un milagro.

Un arbusto germina entre las rocas. Sus ramas cubre la entrada a la cueva. Una paloma deposita el fruto de su amor, en el improvisado nido. Una telaraña muestra el sutil esfuerzo del más paciente de los insectos.

Los perseguidores, hombres avezados en las señales de la naturaleza, dicen:

"Aquí , nadie puede haber entrado. Esta telaraña es más vieja que Muhammad ibn Abdal-Lah".

Y continúan la búsqueda.

Dios se ha valido de un árbol, reseco y carcomido, para que de sus canales muertos renazca la savia y broten tupidas ramas y hojas. De una paloma, símbolo de la paz, para que deposite sus huevos en el nido que considera más seguro y fuera del peligro humano. Una araña, busca, en la aridez del desierto, las inesperadas capturas. ^

Árbol, paloma y araña han sido los auxiliares de Dios: los protectores del Profeta y su fiel acompañante.

En la cueva, refugio y a la vez cautiverio, pasan el Profeta y Abü Bakr tres largos días entregados a la oración y al recuerdo de los musulmanes que aún quedan en La Meca, y los que van camino de Yatrib. Les preocupa el peligro que corren, pues saben el deseo de venganza que anima a Abü Sufíyan y sus compañeros. Para ellos son sus plegarias, hoy con redoblado fervor e intensidad.

Al caer de la tercera tarde llegan, delante de la cueva, Abdal-Lah ben Arqatz, guia beduino, y Amir ben Fuhaira, esclavo manumitido de Abü Bakr, con camellos y provisiones. Al ver la entrada obstaculizada por el árbol, la telaraña y la paloma no salen de su asombro. Dentro no puede estar nadie y comentan, en voz alta, su sorpresa.

Abü Bakr, que ha reconocido sus voces, les llama. Con cuidado retiran los sorprendentes obstáculos.

De nuevo el Profeta y Abü Bakr dan gracias a Dios por la continua protección que les dispensa. Comprenden su milagrosa intervención.

La paloma no se asusta con la presencia de los árabes. Se posa en las manos abiertas del Profeta: manos y paloma, que se extienden en símbolo de paz.

El Profeta recuerda la siguiente sura:

¿No vei s a los pájaros, sometidos
a la voluntad de Dios, en los aires?
Sólo Dios tiene poder sobre ellos.
Ciertamente esto es una prueba para los creyentes.
(Corán ,16, 81. Sura An Nahl: Vers. de la abeja)

El guía beduino aconseja ir a Yatrib bordeando el Mar Rojo. Es un camino intransitable. Sólo las cabras se aventuran entre las ariscas peñas y los acantilados desfiladeros.

Es una ruta en zigzag, más larga; pero mucho más segura. La comitiva de los cuatro fugitivos y sus dos camellos, se adentran en ella. Los camellos sufren lo indecible; no están acos- tumbrados a caminftr por estos parajes ariscos e impropios para estos animales; pero dóciles y sufridos, obedecen a sus jinetes.

Al Arqatz y Al Fuhaira borran con unos arbustos las pocas huellas que dejan las bestias.

Las jornadas son agotadoras; el sol de la montaña es más abrasador.

Comienzan a escasear los víveres, pese a que los racionaron al máximo.

Ya en el día décimo de su partida llegan a un abandonado campament o de beduinos. Sólo hay en él una anciana: Umm Mabad y una vieja cabra. La beduina, hospitalaria y generosa, quiere sacrificar lo único que le queda: su cabra.

Muhammad, la paz sea con él, rechaza la oferta y le dice:

"Lava sus ubres y ordéñala".

"Pero, si es estéril", responde Umm Mabad.

"Haz la prueba", añade el Profeta.

La beduina obedece y con gran sorpresa ve como la cabra de suficiente leche para calmar el hambre de los cuatro fugitivos y la suya.

El Profeta recita la siguiente sura:

Ciertamente en los animales
encontraréis motivos de enseñanza.
Yo os doy a beber la leche de sus entrañas
y otras muchas ventajas que os procuran,
ya que también os sirven de alimento.
(Corán, 23,21. Sura Al Muminum: Vers. de los creyentes)

Umm Mabad, tras escuchar las palabras del Profeta y asistir a sus oraciones, pide ser musulmana.

Muhammad, la paz sea con él, se alegra mucho de la petición. La comunidad se enriquece con este ingreso.

Al día siguiente, tras la oración del alba, reanudan el penoso camino. Durante dos jornadas se alimentan sólo de raices. Al atardecer, famélicos y extenuados, acampan y se encomiendan fervorosamente a Dios, en la oración del "magrib".

Inesperadamente, llegan unos pastores con su pequeño rebaño. Les ofrecen leche y un cordero. Hacen campamento común y preparan la cena: abundante y exquisita.

Oportuna, providencial, ha sido la llegada de los pastores. El Profeta les habla del Dios Único, de la misericordia, justicia y bondad del Creador. Les invita a que le acompañen en la oración de la noche y luego recita los siguientes versículos:

Los que emplean sus bienes
en la causa de Dios, son como
el grano que produce siete espigas;
en cada una de ellas hay cien granos.
Dios dobla lo que recibe.
Dios es quien controla y sabe todo...
... Los que emplean sus bienes para
agradar a Dios y salvar sus almas,
son como el huerto del valle, ; .
al que basta una fuerte lluvia,
para que tenga abundantes frutos.
Si la lluvia no les riega,
lo hace e l rocío... Y
Dios ve todo lo que hacéis.
(Corán, 2, 263 y 267. Sura al bacará : Vers. de la vaca)

Fugitivos y pastores se reconfortan hablando de Dios. Es un lenguaje hermoso y consolador, que les llena de esperanza y de fe.

Dios ha llegado a los corazones de los pastores y nuevos adeptos ingresan en el Islam.

Al día siguiente, tras despedirse de los nuevos hermanos, que les han provisto de leche y de carne; tras agradecer a Dios los bienes recibidos, reanudan la marcha.

Al Fuhaira señala el estado lastimos o en que se encuentran las monturas: sangran sus pezuñas; sus gibas han consumido la casi totalidad de las reservas; sus belfos están llenos de una saliva espumosa, síntoma de agotamiento.

Abu Bakr sugiere retomar la ruta general. Tal vez la persecución sea ahora menos rigurosa; el peligro haya pasado. Además la Divina Providencia nunca les ha faltado.

La sugerencia es aceptada y toman el "camino de las caravanas".

Cuando apenas ¿han cabalgado unos pocos kilómetros Una patrulla de los banu Mudlaj, tribu aliada de los kuraichitas, capitaneada por el temible y ambicioso Suraqa ben Malik, está a punto de darles alcance.

Suraqa es un guerrero terrible por su físico —largo cuerpo; ancho tronco; cabellos largos; barba poblada; brazos velludos— y por su bravura, demostrada en muchos combates.

Monta sobre un brioso caballo, dócil y compañero. Esta vez le espolea brutalmente. Quiere llegar el primero. Cien camellos es una recompensa muy codiciada. Hará prisionero a Muhammad ibn Abdal-Lah. Si le resiste le matará.

Galopa y grita desaforadamente. Parece el jinete de la muerte.

El caballo de Suraqa, cosa insólita, rehusa acercarse al camello del Profeta. Abu Bakr se aterra. Muhammad, la paz sea con él, reza.

Por tercera vez Suraqa intenta dirigir al caballo, que no le obedece. Le clava las espuelas en los ijares; le golpea con la fusta. Terrible lucha entre el hombre y la bestia. El caballo se encabrita; da saltos como un poseído. El jinete cae al suelo.

El Profeta continúa sus oraciones.

Suraqa no puede incorporarse. Unas manos invisibles le atenazan.

La superstición se apodera de él. No puede luchar contra lo sobrenatural. Pide ayuda al Profeta, quien, en nombre de Dios, le ordena que se levante. También llama al caballo, que acude dócil a la voz del Profeta.

Suraqa se levanta, toma el caballo y exclama:

"Dame una carta (recuerdo) y no diré a nadie a dónde te diriges".

Muhammad, la paz sea con él, pide a Abu Bakr que le escriba algo, y se lo da. Suraqa vuelve a La Meca; el Profeta sigue su camino hacia Yatrib.

Durante dos días caminan por un desierto de aspecto desolador: ni una mata de vegetación, con llanuras de negra lava, y bajo un sol de estío capaz de fundir metales.

Al llegar la noche acampan en un paraje desnudo: un mar de arena. Ni una gota de agua para beber ni para hacer la ablución. El Profeta lava sus extremidades y parte del rostro con arena húmeda.

Los demás le imitan. Le preguntan: "¿Qué forma de lavarse es ésa?" Muhammad, la paz sea con él, les contesta con los siguientes versículos:

¡Oh vosotros los creyentes!
No hagáis la oración si estáis borrachos.
Ni cuando no sabéis lo que decís.
Ni cuando estéis sucios,
a no ser que os encontréis de viaje.
No olvidéis nunca de hacer las abluciones;
pero si estáis enfermos, o de viaje,
o venís del retrete,
o habéis realizado actos carnales con una mujer
y no podéis encontrar agua,
emplead la buena arena y frotaros
con ella la cara y las extremidades.
Ciertamente Dios, en tales circunstancias,
perdona y prodiga sus dones.
(Corán, 4,46. Sura An Nisaa: Vers. de las mujeres)

De nuevo los cuatro fugitivos viajan solos y con escasos víveres, hacia Yatrib.

Dos días más tarde, en su viaje al norte, se ven sorprendios por una docena de hombres, de la tribu de los banu Aslam, que les rodean y les hacen prisioneros. El Profeta y sus tres compañeros no opusieron ninguna resistencia. Buraidah, jefe de la patrulla asiamita, les dice:

" Si intentáis escaparos os daremos muerte. Ahora emprenderemos el camino de La Meca. ¡Obedeced!"

El Profeta le responde:

"Estamos dispuestos a obedeceros; aunque primero tenemos que cumplir con Dios, el Señor de los Mundos. Es la hora de la oración del mediodía (Az-Zuhr) ".

Con voz clara y melodiosa el Profeta recita los cuatro "cuerpos de oración" (Raka az), luego los siguientes versículos:

Ciertamente quienes no creen '
los signos de Dios y pretenden,
contra todo derecho, matar a los
Profetas de Dios; así como a los
hombres que predican la justicia,
puedes llevarles la noticia
que les aguarda un castigo doloroso.
Y perderán todo lo que hay en este
. ,, mundo y en el otro Mundo.
Y no habrá nadie que les preste ayuda...
... ¡Di, Oh Dios, Rey de Tu Reino!
Tú das el poder a quien Tú quieres.
y retiras el poder a quien Tú quieres.
Tú honras a quien Tú quieres
Y humillas a quien Tú quieres...
Tú cambias la noche en día y el día en noche
Tú haces salir la vida de la muerte,
y de la muerte, vida.
Tú suministras todo lo necesario para la existencia,
sin reducciones, a quien Tú deseas.
(Corán, 3, 20,21,25-26. Sura Al Imran: Vers. de la familia de Imrán)

Los asiamitas no salen de su asombro. Están maravillados, seducidos con la belleza y contenido de estas palabras.

Buraidah pregunta:

"Y ¿si nos arrepentimos de nuestros malos propósitos?"
El Profeta le contesta con el siguiente versículo:

Si no cometéis los grandes
pecados que están prohibidos,
Dios olvidará vuestras ofensas
y os hará entrar en el Paraíso
por una puerta muy grande.
(Corán, 4,35. Sura An Nisaa: Vers. de las mujeres)

Buraidah y sus acompañantes piden perdón a Muhammad ibn Abdal-Lah y solicitan su ingreso al Islam, prometiendo su jefe que todos los asiamitas se harán musulmanes.

Los asiamitas les suministran agua y víveres y les dan escolta hasta el límite de su territorio. Allí se encuentran con otro jefe de clan de los asiamitas: Aus ibn Hajar, quien informado por Buraidah de las bondades del Dios Único y de la conveniencia de adoptar el Islam, camino seguro para obtener el Paraíso, pide para él y todo su clan el ingreso en la comunidad musulmana.

El Profeta está muy satisfecho por la rápida y sincera conversión de los asiamitas y les recita, antes de despedirse fraternalmente de ellos, los siguientes versículos:

Felices los que creen.
Los que son humildes cuando rezan.
Los que desechan los vanos propósitos.
Los que practican asiduamente la limosna...
... Los que guardan con fidelidad
los depósitos que han recibido
y cumplen sus compromisos.
Estos son los herederos del
Paraíso, en el que estarán eternamente.
(Corán, 23,1-4 y 8-11. Sura Al Muminun: Vers. de los creyentes)

 

Muhammad, la paz sea con él, y su tres acompañantes cabalgan sin que nadie les moleste durante dos jomadas más por el desierto y acampan en Taniyat al Wad, una pequeña alqueía, cercana a Yatrib, donde pasan la noche.

Al día siguiente, tras alabar a Dios, el Todopoderoso, que tantas muestras de protección les ha manifestado, emprenden el camino hasta llegar a Qeba, una fértil colina, que se encuentra a unos tres kilómetros de Yatrib y que se considera como una barriada, un poco distante de esa ciudad. El camello del Profeta se detuvo en Qeba, dobló sus rodillas y no quiso continuar. Lo tomaron como una señal del cielo y se detuvieron en este arrabal.

Qebá se consideraba como la "pequeña ciudad satélite de Yatrib". lugar de veraneo y descanso; por sus aires puros y frescos; por su abundante vegetación y cristalinas aguas.

Era "el vergel de Yatrib". Palmeras datileras, viñedos, naranjos, limoneros, higueras, granados, compartían el espacio agrícola, con plantaciones de verduras y cereales.

Al enterarse las gentes que el profeta se encuentra en Qebá, abandonan sus casas; salen a las calles y gritan:

"Acudid; acudid a saludar al Profeta de Dios. Con él llega vuestra suerte!"

Una muchedumbre fervorosa, creyente, entusiasmada, rodea al Profeta. Todos quieren verle; acercársele: oírle. Muhammad, la paz sea con él, sonríe: llora.

Es la primera manifestación multitudinaria de fieles que le aclaman, porque representa las palabras de Dios. Es el triunfo del Todopoderoso. Y les dice:

Vosotros sois el mejor de los pueblos
que habitan entre los hombres.
Ordenáis lo que es justo y prohibís lo injusto.
Y sois verdaderos creyentes de Dios.
Y si los que recibieron "El Libro" creyesen
(como vosotros) sería mejor para ellos.
Entre ellos hay creyentes; pero otra gran parte son impíos. .
No os causarán más que daños insignificantes.
Si os combatiesen, pronto volverán la espalda
y no encontrarán ningún socorro...
... Si Dios os socorre, nadie podrá venceros.
Si El os abandona, ¿quién podría ayudaros?
Es en Dios en quien descansan los creyentes.
(Corán. 3, 110-111 y 154. Sura Al "Imrán: Vers. de la familia de Imrán)

Las aclamaciones al Profeta se multiplican. Qeba demuestra que es un pueblo digno, piadoso y musulmán; pues muchas familias habían ya ingresado al Islam convertidas por Musab ibn Umair, el misionero enviado por el Profeta, tras el "juramento de la guerra", a Yatrib.

La noticia de la llegada de Muhammad, la paz sea con él, corre como la pólvora en el combate. Muchos de los muhayirun (musulmanes de La Meca, que huyeron buscando refugio en Yatrib) vienen a Qeba para saludar a su Profeta. También gran cantidad de los "ansares".

La alegría desborda al Profeta. Está rodeado de musulmanes. Para colmo de su felicidad ese mismo día llega a Qeba, Alí ibn Abü Talib, su querido primo y ahijado.

El Profeta quiere dar gracias a Dios por tantos favores y beneficios, y decide construir una mezquita llamada "Al Takwa".

El Profeta ayuda personalmente en la construcción de la "Casa de Dios". Abü Bakr, Alí, Umair, y otros muchos musulmanes, imitan el ejemplo.

El Profeta acepta la hospitalidad que le ofrece Kultum ibn Hidm, jefe de un clan awsita, y reside en su casa. La afluencia de personas que quieren verle, escucharle, es tan grande, que se ven obligados a aceptar una casa mucho más espaciosa que les ofrece Saád ibn Jathaman, un noble jazradita de la localidad.

Muhammad, la paz sea con él, que conoce lo sensibles que son los árabes en materia de hospitalidad, opta por residir en casa de Kultum y recibir a sus adeptos en casa de Jathaman.

La estancia en Qeba se prolonga por tres días. Durante ellos un gran número de prosélitos le piden audiencia: quieren escuchar sus plegarias e ingresar en el Islam. Entre las conversiones más singulares figuran:

—la de Buraida ibn Hosib, de los banu Sahm, que vino a Qeba con todo su clan, pues desean en su totalidad ser musulmanes, y

—la de Salman al Farsi, nativo de una alquer í a próxima a Ispahán (Persia). Salman es un "hanif" desde su adolescencia. Conoce la Tora y los Evangelios; pero es hoy, cuando ha encontrado, tras escuchar las palabras del Profeta, a Dios.

El día Viernes, el cuarto de su permanencia en Qeba y que el Profeta elige como día semanal dedicado a Dios y por lo tanto jornada de oración colectiva y de descanso corporal, tras la oración del alba, Muhammad, la paz sea con él, decide trasladarse a esa ciudad de castillos y villas; de casas y campamentos, que le aguarda con impaciencia.

La interminable cabalgata, seguida por una nube de activos caminantes, emprende la marcha. Es un clamor de voces y pisadas, que van de la tierra al cielo.

La entrada a Yatrib es triunfal. Quien hace pocos días era un fugitivo; un perseguido, cuya captura se valoraba en cien camellos, entra hoy con aires de afortunado conquistador.

El multitudinario cortejo se anuncia con vítores y cánticos. La naturaleza quiere unirse al victorioso desfile. El sol retira sus enojos y se muestra conciliador; el aire se viste de brisa. Los perfumes, que emanan de jardines y huertos, acompañan con sus aromas de pétalos y frutos al "enviado de Dios".

Una apiñada muchedumbre de jinetes y peatones, escolta al Profeta. Todo un pueblo está en camino. Y las calles de la ciudad, engalanadas de palmas y flores. Hombres, mujeres, niños, ancianos. Todo ser con soplo de vida, quiere recibir a su profeta. Le esperan con ansia y júbilo; con respeto y devoción.

Y llega la vanguardia del ejército de Dios. En cabeza, Muhammad ibn Abdal-Lah, "el sello de los Profetas". Tras él otros tres jinetes: Abu Bakr, Alí y Umar. Detrás de éstos, y en fila de seis, cabalgan los jefes y nobles de los clanes Jazraditas, Awsitas y Asiamitas. Todos ellos flanqueados por los jinetes de los banu Sahm. Cierra la comitiva una muchedumbre de peatones que, enfervorizados y bulliciosos, mezclan las palabras de "Profeta de Dios" con oraciones y jaculatorias.

Todos están animados por un común denominador: amor a Dios Único y confianza en Muhammad: su profeta. Nunca Yatrib presenció semejante espectáculo. Ningún conquistador fue recibido con tantas aclamaciones. Ningún pueblo exteriorizó parecido entusiasmo.

Y es natural: sólo la voluntad de Dios puede influir tan clamorosamente en los corazones de sus criaturas.

La camella del Profeta se detiene en un lugar donde se construirá la Mezquita del profeta. En la casa de Abü Ayub, un jefe jazradita, se instalará el profeta.

La multitud quiere oírle. Muhammad, la paz sea con él, recita las siguientes suras:

Gloria a Dios que nos ha conducido a su recto camino.
Y no hubiéramos sido guiados
si Dios no hubiese sido nuestro Guia...
(Corán, 7,41. Sura Al araf: Vers. de Al araf )
 
Di; oh pueblo del "Libro",
acudid, y pongámonos todos
en un plano de estricta igualdad.
No adoremos sino a Dios.
No le asociemos nadie.
Y no tomemos a ningún otro
Señor que no sea Dios...
... ¡Oh Señor nuestro!
No apartes nuestros corazones
del recto camino,
después de habernos guiado por él.
Haznos participantes de Tu misericordia.
Pues ciertamente Tú eres
el Dador por excelencia.
(Corán, 31, 57 y 6. Sura Al Imrán: Vers. de la familia de Imrán)
 
Y los más antiguos en la fe
los primeros: muhayirun, ánsares
y aquellos que les han seguido
por el hermoso camino,
Dios, de todos ellos, está contento.
Y ellos están contentos con El.
Dios ha creado para ellos
jardines por los que corren
limpios manantiales, ...
para que vivan allí eternamente
que es la mayor de las felicidades.
(Corán, 9,101. Sura At Tauba": Vers. del arrepentimiento)
 

La muchedumbre, enfervorizada, glorifica a Dios, El Altísimo: El Creador. La fe — el Islam— tiene ya su ciudad.

Pero hoy, 12 de Rabí al Awual, un día de verano del año 622, que los historiadores ajustan al 15 de julio, la historia sufre una conmoción: un cambio radical; un nuevo calendario inicia sus páginas. Es el comienzo de la era musulmana: el día 1 del año 1 de la hégira (emigración de la Meca a Yatrib).

También nace un nombre: Yatrib da paso a Medina del Profeta (Madinat An Nabi).

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