MUHAMMAD EL PROFETA: Medina, Ciudad-Estado

Medina era una ciudad organizada en clanes. Los clanes son los átomos de esa gran molécula que se llama tribu.

Los jazraditas, awsitas y nadjaritas, constituyen la mayoría de la población. La minoría está integrada por tribus judías: Banu Nadir, Banu Qainuca, Banu Quraiza. Los árabes puros prefieren los trabajos del nomadeo; la conducción de caravanas y en último lugar los trabajos agrícolas.

Los judíos tienen otras pretensiones:

—Los Nadir (verde) se ocupan de las plantaciones: de las palmeras datileras.

—Los Qainuca (orfebres) constituyen el gremio de artesanos que trabajan preferentemente los metales preciosos. Son los joyeros de la ciudad.

—Los Quraiza (acacia) son los curtidores, los manufactureros de la piel. La acacia es la planta que se emplea para el curtido.

Los judíos controlan una buena parte del comercio y poseen las tres cuartas partes de los castillos de Medina; es decir: cuarenta y cinco castillos; los tienen como vivienda y fortaleza, en momentos bélicos.

Los árabes, en general, son anárquicos. No están acostumbrados a disciplina alguna. Su gobierno es su código moral, al que están enraizados. Es la única le, que aceptan y obedecen. Sólo un hombre: Muhammad, la paz sea con él: un profeta puede hablarles de una constitución; de unas bases jurídicas y sociales nuevas que regirán la "comunidad".

También hay, entre los árabes, algunos —afortunadamente pocos— que no son fieles al profeta. Entre ellos figura Abdal-Lah ibn Ubaiy, quien, antes de la llegada del Profeta, se consideraba el principal jefe de los jazraditas.

Tenía pretensiones de ser el "rey" de Medina. Ahora le consumen los celos, aunque procura disimularlos. Es un "hipócrita". Un enemigo en potencia, que 'busca la ocasión de recuperar su influencia y poder.

Entre los hombres los hay que dicen:
"Creemos en Dios y en el Día Final".
Pero no creen.
Tratan de engañar a Dios
y a los creyentes.
Pero son ellos los que se engañan,
sin que se den cuenta de ello.
Hay en sus corazones una grave
enfermedad (los celos).
Y Dios aún les hará más enfermos.
Les aguarda un doloroso castigo
porque son unos hipócritas
(Corán, 2,7-9. Sura al bacará: Vers. de la vaca)

Abdal-Lah ibn Ubaiy y su pequeña camarilla de hipócritas, son "munafiqun" (topos), esconden bajo tierra sus pequeñas ambiciones esperando el momento oportuno para sacarlas a la luz. Mientras, ni son antimusulmanes ni creyentes. El profeta les conoce, sabe lo que piensan y lo que esconden en sus corazones; podía destruirlos en un instante; pero confía en que Dios, el Todopoderoso, pueda un día iluminar sus almas y deja que sigan viviendo a su modo, aunque ésta sea una manera muy indigna de vivir.

El Profeta—aunque fervoroso misionero del Islam, a cuya creencia invita a todos los hombres, pues considera que el Islam es el camino más seguro para encontrar y someterse a Dios es de una tolerancia exquisita con los fieles de otras creencias monoteístas, a quienes nunca fuerza ni presiona para que ingresen en la "comunidad musulmana". Es más: no excluye del Paraíso ni a judíos ni a cristianos. Tampoco a quienes buscan sinceramente a Dios por otros caminos, siempre que practiquen la bondad y un código moral relativamente aceptable.

Una sura así lo confirma:

Ciertamente quienes son creyentes,
los judíos, cristianos o sábeos
y todo aquel que cree en Dios,
en el día del Juicio Final,
y practica el bien;
todos ellos recibirán la recompensa
de manos del Señor
y quedarán exentos del temor y del suplicio.
(Corán, 2,59. Sura al bacará: Vers. de la vaca)

En favor de la política de tolerancia que, en materia de re ligión, practica el Islam con judíos y cristianos, son muchas las pruebas que encontramos en distintas suras del Corán. No es la anterior un ejemplo aislado; leamos las siguientes:

Ciertamente, entre la "gente del Libro"
hay creyentes en Dios
y en todo lo que ha sido revelado.
Se postran delante de Dios
y no venden a bajo precio
os signoso deDios.
Y tendrán la recompensa
de estar junto al Señor.
Ciertamente, Dios ajusta
siempre bien las cuentas.
(Corán, 3,198-99. Sura Al Imrán: Vers. de la familia de Imrán)

Al principio los judíos no mostraron ningún tipo de animadversión contra Muhammad, la paz sea con él, a quien consideraban una persona buena y fraterna. Tampoco objetaban la fe islámica, como doctrina religiosa. Lo que no quisieron —en su gran mayoría— nunca admitir, es que un árabe puro pudiese ostentar la condición de profeta. Para ellos sólo un judio podía ser profeta o mesías de Dios.

Muhammad, la paz sea con él, por su parte, aseguraba que Dios no tiene "pueblo escogido" y que Dios está en todas partes. En apoyo a esta afirmación recitaba estas suras:

El Profeta cree en lo que ha sido
revelado por su Señor.
Los creyentes creen todos en Dios;
en sus ángeles; en sus "Libros"
y en sus Profetas.
Y no hacen diferencias entre estos Profetas...
Oriente y Occidente pertenecen a Dios.
Dondequiera que miréis y os volváis,
allí está el rostro de Dios.
(Corán, 2, 285 y 109. Sura al bacará: Vers. de la vaca)

Muhammad, la paz sea con él, no pretende imponerse como Profeta a los judíos ni incluso a los árabes.

La fe en Dios y en los profetas es un sentimiento interno, espiritual y libre. Así lo ha dispuesto Dios y ningún hombre tiene derecho ni fuerza para disponer lo contrario.

Además que quien no quiere ver ni oír, es el mayor de los obstinados y ningún tipo de razonamiento o prueba le hará salir de su error. Sólo Dios es capaz de sacarlo de su ceguera o de su sordera.

Mientras, y a la espera de que ello ocurra, Muhammad, la paz sea con él, prepara un pacto de la Ciudad-Estado entre muhayirun y ánsares. Sin tener en cuenta diferencias raciales o religiosas.

Sin obligar a nadie a adherirse al Islam, el Profeta redacta un pacto en el que todos los medinenses tengan los mismos derechos y deberes ante la ley.

Es un pacto liberal que abarca y contempla todos los aspectos sociales, económicos, políticos y militares, que afectan a la "comunidad" en sus primeros días. Se busca poner fin a los egoísmos tribales, que muchas veces degeneran en cruentas guerras; a la rivalidad de clanes, que paralizan todo propósito de progreso económico y social.

Se pretende sustituir la nefasta influencia de los "lazos de sangre", que implican venganzas y continuas rencillas entre la población, por una verdadera fraternidad, basada en el respeto mutuo y en el temor a Dios.

Si bien es verdad que este pacto es obra personal del Profeta, no cabe duda que Dios, en todo momento, le sirvió de inspiración y guía.

En este pacto, redactado para la ciudad independiente de Medina, se establece una sola e idéntica comunidad (umma), en la que están integrados, con una ley igual para todos los habitantes de Medina, ya sean nativos o refugiados, creyentes o no creyentes. Así se establece en sus dos primeros artículos:

Artículo 1°. "En el nombre de Dios, El Clemente, El Misericordioso. He aquí un pacto dado por él Profeta Muhammad, la paz sea con él, entre los creyentes; los sumisos; los kuraichitas y yatribitas que le siguieron y para cuantos deseen unirse".

Artículo 2°. "Estas personas forman una sola comunidad (umma)"

Hay a continuación una lista de todas las tribus que viven en la ciudad de Medina. Se les asegura que todos sus derechos y deberes anteriores quedarán mantenidos y garantizados en este pacto.

Se recalca que no se dejará a ninguno de los "suyos" sin ayuda o protección, ya sea en cuestiones de rescate, ya sea en el precio de sangre, que le pudieran imponer tribus extranjeras a la ciudad de Medina.

Es decir: que un individuo, aunque haya abandonado su clan no está solo: forma parte de la "umma".

El pacto, que comprende 45 artículos, tiene sus líneas maestras en:

—La declaración de "territorio sagrado", a la ciudad de Medina."

—La valoración del individuo, incitándole a una introspección, en la que potencie su capacidad espiritual, de meditación, reflexión y deducción.

También se le estimula para que desarrolle su abnegación, constancia y talento y los aplique en sus distintas profesiones y trabajos.

.—El respeto a la vida. No se debe matar a ningún hombre, pues Dios lo ha prohibido. Tampoco a las hijas recién nacidas. Ninguna circunstancia de pobreza o defecto físico, pueden justificar tan horrendo crimen, Hay que tener confianza en la Divina Providencia.

—El derecho de herencia, que tienen los familiares y sus allegados. Esta ley tiene además el apoyo que le da la siguiente sura:

"Os es ordenado, cuando uno de Vosotros deja bienes,
que haga el testamento en favor de sus familiares más próximos.
Es un deber para todos aquellos que temen a Dios".

(Corán, 2, 176. Sura al bacará: Vers. de la vaca).

—La prohibición de la esclavitud. Ningún ciudadano de Medina podrá ser declarado esclavo, a partir de este pacto. Se respetan los derechos adquiridos anteriormente, pero se recomienda la manumisión a los creyentes.

—La prohibición de la usura. El Islam considera la usura como una acción antisocial e innoble. En distintas suras se condena ese deleznable ejercicio:

"Los que se alimentan de la usura no se levantaran el Día de la Resurrección, a no ser que sea como los que se levantan tras haberlos derribado Satán con su contacto. A quien le llegue la advertencia de Dios y renuncie (a la usura) que hizo en tiempo pasado. Dios será clemente con él. Pero quien vuelve a la usura,será compañero del Fuego, en el que estará eternamente... Oh vosotros, los creyentes. Temed a Dios y devolved lo que ha quedado por pagar de la usura, si verdaderamente sois creyentes".

(Corán, 2, 276 y 278. Sura al bacará: Vers. de la vaca).

El pacto hace suyas estas admoniciones del Corán y recomienda a sus "comunitarios" que abandonen esta práctica tan inhumana y nociva.

—La igualdad entre los hombres, lo que implica la abolición de las diferencias de clases. El más humilde de los creyentes, y los que están en vías de serlo, goza de una protección total por parte de la umma, lo que le equipara a los demás hombres, porque todos son "maulas", es decir: hermanos.

—La tolerancia en materia religiosa o costumbres ancestrales, que no atonten directamente a la comunidad, es recomendada por el pacto en su artículo 15: "Los judíos podrán tener su religión, si así lo desean. Los musulmanes, la suya".

—La estricta justicia. El pacto establece unas normas justas para todos los "comunitarios", que se deben ejercer con equidad y corrección. Para el caso de que hubiera algún creyente que se considerase perjudicado, lo que podría suscitar motivos de resentimiento o división, el artículo 23 establece: "Cualquier cosa que os divide, deberá volver a Dios y al enviado de Dios".

—La cooperación fraterna. El pacto es muy sensible en todo aquello que pueda establecer lazos de fraterna cooperación. En su artículo 16 establece: "Los judíos que se unan a nosotros con alianzas, tendrán derecho a nuestra ayuda y protección, sin ofenderlos en modo alguno y teniendo mucho cuidado en no ayudar a quien los ataque".

—La defensa del oprimido. El Profeta sintió durante toda su vida la necesidad de defender al débil y al oprimido. El pacto, en su artículo 37, recoge esta inquietud: "El oprimido debe ser ayudado con toda clase de socorro".

—Defensa mutua. La idea de coaliciones y tratados para la defensa propia, viene recogida en el pacto. Conviene recordar que el Corán recomienda a sus creyentes que nunca deben ser los primeros en declarar la guerra; pero que tienen el deber de defenderse, porque la vida sólo la da y la quita Dios, que es el único Propietario de ella. El artículo 44 dice: "Entre judíos, y musulmanes habrá unión frente a cualquiera que ataque a Medina".

—El sentido de la paz. Nada hay más valioso para el Profeta que el ejercicio de la paz. En el artículo 45 de la constitución se recomienda el establecimiento de la paz, como una norma permanente en el pensamiento de los medinenses: "Cada vez que seáis llamados a concluir una paz, hacedla y adheriros a ella".

La recomendación a la no violencia y a la observancia de la paz, se encuentra también en el artículo 27: "Que impere entre los medinenses un espíritu de benevolencia y buena disposición. Observancia de todo lo pactado en favor de la paz y en contra de la violencia".

El pacto medinense apunta hacia una sociedad teocrática qué tiene a Dios por Jefe Supremo y a Muhammad, la paz sea con él, como su Profeta.

Hubiera resultado muy difícil, por no decir imposible, establecer en la ciudad de Medina, con una población tan diferenciada en razas, tradiciones y creencias, un pacto que fuera válido y se respetase, basado sólo en la justicia humana. Se necesitaba una fuerza espiritual que, venciendo todos los obstáculos señalados, por sumisión y respeto a Dios, fuese capaz de unir y hermanar todos esos elementos heterogéneos en una comunidad, que salvaguardase por igual todos los intereses en juego.

El pacto medinense, que nace en un articulado rudimentario y pobre en cuanto a su número, se enriquece a medida que las circunstancias lo requieren, gracias a la divina asistencia que en todo momento recibe el Profeta.

La comunidad nace con buen pie. Con unas normas jurídico-sociales que se pueden considerar, en esa época y para esa ciudad, avanzadas y con una proyección moral y humana que, aun hoy, está, en parte, en vigencia.

La comunidad tiene por cabeza visible a Muhammad, la paz sea con él, que goza de la protección y asistencia del Todo poderoso.

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