El inicio del apostolado en público En el año 613 Muhammad, la paz sea con él, recibe del ángel Gabriel la siguiente revelación: "Advierte estas verdades a tus parientes más cercanos. Y Es la señal para el inicio del apostolado público, que debe comenzar con los "parientes más cercanos". Dios ha querido someter al Profeta a dura prueba. Su familia más allegada son los hijos de Abdel Muttalib. Muhammad, la paz sea con él, tiene bien desarrolladas las dotes de observación y deducción. Conoce perfectamente a su familia. Sabe, por tanto, que la islamización de sus parientes no será nada fácil. Veamos cómo son los tíos del profeta: —Abu Talib, jefe del clan. El profeta le quiere bien: ha sido su tutor durante diecisiete años, conduciéndose como un ver dadero padre. Es un hombre generoso, bueno y noble; pero irresoluto, débil y pobre. No tiene criterios propios. Tampoco voluntad para contradecir a sus hermanos, que son, económicamente hablando, más poderosos que él. Es un amorfo. Férreamente ligado a las tradiciones de sus antepasados. Carece de valor para abandonar la idolatría. —Al Abas, otro de los hijos de Abdel Muttalib. Su mundo es el préstamo y los negocios lucrativos. —Hamza es otro de los tíos del Profeta. Es el típico deportista. La fuerza física es lo que cuenta. ¿Su profesión ?: ganar competiciones. Estar "a punto" es su objetivo. Es un antirromántico. Cree sólo en las leyes de la naturaleza. ¿La religión? No es un deporte: no le interesa. —Abu Lahab, hijo de Abdel Muttalib. Es un materialista puro. El objetivo de su vida es gozar y acumular riquezas. Familia, tribu, religión, son agentes al servicio de sus pasiones. Está casado con Umm Jamil, mujer que comparte y alienta sus afanes materiales. Poetisa por afición, tiene facilidad versificadora; es famosa por la acritud de sus sátiras y por la agresividad de sus expresiones. Es hermana de Abu Sufiyan, el preboste de los mercaderes de La Meca. El convertir estos hombres al Islam es casi misión imposible. Muhammad, la paz sea con él, lo sabe perfectamente; pero las órdenes de Dios no se discuten e inicia la acción pública, habla con sus parientes más cercanos, con sus familiares, con sus tíos. No aceptan, especialmente Abu Lahb, y su mujer Umm Jamil. Pero el Profeta no pierde las esperanzas. Está inmunizado contra la ingratitud y el ridículo. Conoce la terquedad de los idólatras y sus bajas pasiones. Y recuerda la siguiente sura:
Muhammad, la paz sea con él, se reconforta. Renueva sus bríos. Esta experiencia primera es sólo una pequeña escaramuza en el combate de Dios. Así lo expresan estos versículos:
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