Antes de que nos
dediquemos a los últimos días de la vida del Mensajero de Allâh
,
echaremos una rápida mirada al gran logro que obtuvo. Esa misma peculiaridad que
lo hizo aventajar a todos los Profetas y Mensajeros y lo hizo tan extraordinario
que Allâh lo
distinguió por encima de los primeros y los últimos. Allâh se
dirigió a él, en los albores de su misión, con las siguientes palabras:
(¡Oh tú que
estás envuelto con tu manto! Levántate para rezar toda la noche, excepto un poco
de la misma.) [73:1,2]
Y dijo:
(Oh tú que estás envuelto. Levántate y advierte.) [74:1,2]
Se levantó y se mantuvo así, activo, durante más de veinte años. Durante ese lapso se comprometió a llevar las cargas de las grandes expectativas que sus hombros sostenían, para transmitirle a toda la humanidad el mensaje del Islam.
El Mensajero de
Allâh
se
encargó de concienciar a la humanidad, cuando ésta estaba hundida en el
paganismo. Se ocupó de liberar a la razón humana que estaba encadenado a los
deseos y lujurias. En cuanto consiguió liberar la conciencia de sus compañeros
de las cargas y falsedades del paganismo y de la vida terrenal, empezó otra
batalla en otro campo: las batallas sucesivas contra el enemigo del Islam, y
contra aquellos que conspiraron contra él. Era una lucha contra aquellos que
conspiraron contra los creyentes; contra los que querían destruir ese incipiente
árbol antes de que creciera y sus raíces se aferraran en la tierra y extendiesen
sus ramas por los cielos. Ni bien terminó con las batallas en la Península
Arábiga, los Bizantinos empezaron con los preparativos para destruir esta nueva
nación en las fronteras del norte.
La primera batalla,
la batalla de la conciencia, todavía no había terminado. Era de hecho una
contienda permanente. Donde se enfrentaba a Satanás, quien no dejó nunca de
ejercer su actividad en la profundidad de la conciencia humana. Muhammad
, por otro
lado, se esforzaba en llamar a la gente a la religión de Allâh y fue
perspicaz en luchar esa batalla perpetua en todos los campos, a pesar de las
duras circunstancias y de la conspiración del mundo entero en contra suyo. Pero
continuó con su llamado eficaz y activamente rodeado de los creyentes que
buscaban la seguridad a través del trabajo incesante y de una enorme paciencia.
Sus compañeros
actuaron constante y pacientemente día a día y empleaban la noche para adorar a
su Señor, recitar y memorizar el Corán, glorificar y magnificar a
Allâh
.
[1]
Durante más de veinte
años el Mensajero de Allâh
encaró la
batalla con firmeza y continuidad,
desatendiendo cualquier otro asunto que lo aparte de esa noble meta. Así
continuó hasta que el mensaje del Islam logró tener éxito a gran escala.
La religión islámica prevaleció en toda Arabia. Quitó todos los rastros del paganismo del horizonte de la península. Las mentes enfermas del paganismo crecieron saludables dentro del Islam. Ellos no sólo se libraron de la adoración de los ídolos, sino que también los derribaron. La atmósfera general empezó a hacer eco de "no hay ninguna divinidad excepto Allâh." Se oía la llamada a la oración cinco veces al día, penetrando en el espacio y rompiendo el silencio del desierto monótono, vivificándolo a través de la nueva creencia. Recitadores y memorizadores del Corán partieron hacia el norte y hacia el sur para transmitir las aleyas del Corán y para hacer cumplir las órdenes de Allâh.
Personas y tribus,
aunque esparcidas, estaban unidas y el hombre abandonó la adoración del hombre,
para dedicarse a adorar únicamente a Allâh.
Desaparecieron los opresores y los oprimidos; y personas por encima de otras, y
los agresores que practicaran la tiranía. Todas las personas eran siervas de
Allâh. Eran
hermanos que se amaban y obedecían las órdenes de Allâh. Gracias
a Allâh
renunciaron a la arrogancia y al espíritu altanero:
"El árabe no es superior al no árabe. Así como el no árabe tampoco es superior al árabe. El de raza blanca no es superior al de raza negra, excepto en la piedad. Todos los seres humanos son hijos de Adán y Adán fue creado de la tierra."
Gracias al mensaje del Islam, la unidad árabe se había vuelto una realidad, y también lo fue en el caso de la unidad humana y la justicia social hasta donde sus asuntos terrenales y celestiales estaban establecidos. La línea curva de la historia se había enderezado y la mentalidad había sido rectificada del error.
El espíritu y la conciencia de las personas, los valores y las costumbres del paganismo habían agobiado al mundo entero durante el período pre- islámico. El predominio de la esclavitud, la injusticia, del lujo extravagante, del adulterio, la represión, los actos inmorales, el paganismo, el desvío del camino recto y la oscuridad; todo esto predominaba a pesar de la existencia de las religiones celestiales. Las enseñanzas de esas religiones habían crecido débiles y habían perdido toda influencia en las almas de los hombres y en sus espíritus y se habían vuelto meras tradiciones con rituales inanimados.
El Islam había cumplido con su rol en la vida humana, librando al espíritu de la humanidad de las supersticiones, las ilusiones, la esclavitud, la corrupción y del culto del hombre hacia el hombre. El Islam había librado a la sociedad humana de la impureza, la injusticia y la tiranía. No había ninguna distinción social, ni la dictadura injusta de clérigos o gobernantes. El Islam había preparado un mundo construido sobre sólidos fundamentos virtuosos y puros, también basados en la piedad, libertad, bondad y sinceridad. La Verdad, la fe, la dignidad en las acciones, el desarrollo y la mejora en los medios de vida junto a los derechos eran las bases en que el estado islámico fue construido. [2]
Gracias a esta evolución, Arabia fue testigo
de una resurrección bendita e inaudita. Nunca su historia había tenido
tanta religiosidad, piedad y
esplendor como la tuvo durante esos días peculiares de su vida.