Descripción
del Profeta (
)
El
Mensajero de Dios (
)
fue un hombre sensacional, respetado por todos los que lo conocían. Su rostro
brillaba como la luna llena. Era un hombre de estatura mediana, ni muy alto ni
muy bajo. Tenía una cabeza grande y su cabello era ondulado. Si tenía el cabello
largo, lo dividía, de lo contrario, su cabello no pasaba los lóbulos de las
orejas en circunstancias normales. Tenía un color rosado saludable. Su frente
era ancha. Sus cejas estaban prolijas naturalmente, y no estaban unidas. Había
una vena entre sus cejas que se hinchaba cuando se enfadaba. Su nariz era recta
y tenía un brillo especial. Tenía una barba tupida y suaves mejillas. Su boca
era grande. Tenía bigotes. Sus dientes estaban espaciados. Su cuello era similar
al de un muñeco, y tenía un color blanco plateado. Su contextura era moderada y
fuerte. Su abdomen y su pecho estaban al mismo nivel. Su pecho y sus hombros
eran anchos. Sus articulaciones eran de buen tamaño. Su piel era blanca. Tenía
vellos desde el esternón hasta el ombligo. No había vellos en su pecho, pero sus
brazos y hombros eran velludos. Sus antebrazos eran grandes y también las palmas
de sus manos. Sus manos y pies eran cortos, y sus dedos tenían un largo
moderado. Sus pies eran planos y suaves; debido a la suavidad de sus pies, no se
acumulaba el agua en ellos. Caminaba con pasos largos y elegantes; levantaba los
pies en lugar de arrastrarlos. Cada vez que se volteaba, lo hacía con el cuerpo
entero [en lugar de voltear sólo la cabeza]. Bajaba su mirada en todo momento.
Eran más las veces que miraba el suelo que el cielo. A menudo daba vistazos
rápidos a las cosas [en lugar de mirarlas fijamente]. Ofrecía sus saludos a los
demás antes de que lo saludaran a él.
El
Profeta (
)
meditaba profundamente. Nunca descansaba del todo, y nunca hablaba a menos que
fuera necesario. Cada vez que hablaba, comenzaba y terminaba sus frases con el
nombre de Dios. Hablaba claro y con significado, pronunciando sólo frases
precisas y certeras. Sus frases eran muy decisivas; nadie podía distorsionar sus
palabras. Era muy amable y cariñoso. Nunca insultaba a otras personas. Era
agradecido por todas las bendiciones que Dios le había otorgado, sin importar lo
minúsculas que parecieran; nunca menospreciaba nada. No criticaba la
comida.
Nunca se preocupaba por asuntos mundanos. Si una persona sufría una injusticia,
se enojaba mucho. Su enojo no cesaba hasta tanto le restituyeran su derecho a
esa persona. No se enojaba si la víctima de la injusticia era él, ni tampoco
buscaba venganza. Cuando señalaba, lo hacía con la mano entera; cuando se
sorprendía, volteaba rápidamente la mano. Cuando el profeta (
)
hablaba, daba pequeños golpes en su mano derecha con el pulgar izquierdo. Cuando
se enfadaba, daba vuelta la cara, y cuando estaba complacido y feliz, bajaba la
mirada. Sus risas eran más bien sonrisas. Cuando sonreía, sus dientes parecían
perlas.
El
Profeta (
)
repartía su tiempo en tres partes; una parte para Dios, la otra para su familia
y la tercera para sí mismo y su gente. La parte dedicada a su pueblo la dedicaba
a atender las necesidades de la gente. Los mantenía ocupados enseñándoles lo que
los beneficiaría. Solía decirles:
‘Aquellos
que estén presentes transmitan (lo que han aprendido) a quienes están ausentes,
e infórmenme de las necesidades de los que no han podido venir. Aquel que
informe al gobernante acerca de los pedidos de una persona, Dios lo afirmará en
el puente el Día de la Resurrección.’
El
Profeta (
)
cuidaba su lengua [de decir palabras vanas], daba consejos sinceros y hablaba
benéficamente para así reunir y unir a la gente. Respetaba a los generosos,
amables y nobles de cada pueblo, y les encomendaba los asuntos de su gente.
Advertía a la gente de los males y se cuidaba de ellos, aunque nunca tenía un
mal gesto frente a nadie. Le preguntaba a la gente acerca de su situación y les
ordenaba hacer el bien y prohibir el mal. Era moderado en todos sus asuntos.
Nunca dejaba pasar la oportunidad de recordarles a sus compañeros y darles
sinceros consejos. Estaba preparado para toda situación, y mantenía la verdad y
no era ocioso. Quienes se sentaban junto a él eran lo mejor de su gente.
El
Mensajero de Dios (
)
nunca se levantaba ni se sentaba sin mencionar el nombre de Dios. Tenía
prohibido que designaran un lugar para que fuera sólo suyo. Se sentaba donde
encontraba un sitio libre. También les ordenaba a los demás hacer lo mismo al
llegar a una reunión. Repartía su tiempo de manera equitativa entre los
Compañeros que se sentaban junto a él. Quien se sentara junto al Profeta (
)
pensaría que era el más importante y querido por él. Si una persona se acercaba
planteándole una necesidad, no lo apuraba, sino que dejaba que terminase su
pedido y se fuera cuando quisiera. El Profeta (
)
siempre le daba una respuesta al que pedía; le regalaba palabras agradables, aún
si no podía cumplir con su pedido. Tenía un corazón y una mente abiertos. Era
considerado un padre cariñoso y atento por todos; para él, todos eran iguales.
Sus reuniones eran reuniones de conocimiento, perseverancia, paciencia, modestia
y confianza. Nadie levantaba la voz en presencia del Mensajero de Dios, que Dios
exalte su mención. Nadie hablaba cosas malas en su presencia. Quienes asistían a
sus reuniones se trataban con
humildad, respetaban a los mayores, eran misericordiosos con los jóvenes y
respetaban al extraño.
El
Mensajero de Dios (
)
estaba siempre alegre. Era extremadamente amable y cariñoso. Nunca era brusco.
No levantaba su voz en público ni decía groserías. Nunca hablaba mal de nadie ni
esparcía chismes. Jamás adulaba a nadie. Nunca desilusionaba a nadie. Evitaba
tres cosas; discutir, hablar demasiado e interferir en aquello que no era
importante. También evitaba otras tres cosas; nunca hablaba mal de nadie, nunca
se burlaba de nadie ni hablaba de los fallos de otros frente a nadie, tampoco
criticaba a nadie. Sólo hablaba de aquellas cosas que merecen ser recompensadas.
Cuando hablaba con sus Compañeros, éstos miraban el suelo [en muestra de respeto
y atención] y era como si pájaros se hubieran posado en sus cabezas. Cuando el
Mensajero de Dios (
)
dejaba de hablar, recién entonces lo hacían sus Compañeros. Nunca lo
contradecían en su presencia. Cuando hablaba uno de sus Compañeros, el resto
escuchaba atentamente hasta que hubiera completado lo que pretendía decir.
El
Mensajero de Dios (
)
demostraba una extrema paciencia cuando escuchaba a un extranjero con un acento
o dialecto difícil de entender. No le hacía ninguna pregunta hasta que hubiera
completado lo que quería decir. De hecho, el Mensajero de Dios (
)
les ordenaba a sus Compañeros que asistieran a la persona que buscaba su ayuda.
Nunca interrumpía a quien hablaba hasta que la persona hubiera completado su
idea y se detuviera o se levantara para irse’. (Baihaqi)